DISTANCIA, LEJANÍA, AÑORANZA...

 Lo más duro de emprender un viaje a lo desconocido, a lo lejano, donde no hay nadie de los tuyos, caras que te resulten familiares, llegar y saber que en un monstruo de ciudad solo estarás tú en donde estarás junto a miles de personas más pero a la vez nadie más que solo tú. Para muchos puede resultar una aventura llena de adrenalina como la que se embarca adentrándose a un bosque en búsqueda de nuevas vivencias que te hagan sentir vivo, experiencias excitantes que eleven a una alta intensidad tus emociones y sentidos, hasta me atrevería a decir que todos en algún momento hemos experimentado esa sensación cuando decidimos cambiar momentánea o definitivamente de ciudad y es válido se disfruta por constantes instantes pero de repente llega el momento que la soledad pesa como un piedra que cala en la espalda, el frío se adhiere a tu alma, los silencios parecen entorpecer todos tus movimientos, comienzas a hablar más contigo mismo y llegas a cansarte de solo escuchar tu voz, aún cuando escuchas otras voces, pero esas no forman parte de ti, de tu mundo.

Es aquí donde comienza la añoranza, extrañar a los tuyos, ver sus miradas, estar con su compañía, escuchar sus palabras por sencillas que sean, es increíble darse cuenta que son de esos aspectos que le restamos valor por que damos por asentado que lo tenemos, pero cuando se pierde ese valor se intensifica y más cuando estás pasando por momentos de prueba, donde las situaciones no están saliendo como lo esperabas, cuando necesitas más que nunca el apoyo que te brindan los que confía en ti, los que creen en ti, de los que te quieren.

Ya no hay diferencias a cuando hay gente a tu alrededor o estás a solas, la soledad se siente de igual forma, esos mensajes de ánimo a distancia pierden fuerza por que los requieres en presencia, y no tan solo en la lejanía, la añoranza se convierte ya en pesadumbre, en dolor, en ese dolor insoportable que aunque corras, grites o llores no se quita, no desaparece. 

Es obvio que se hace más grávido el camino a recorrer aquello que comenzó como una aventura excitante cuando te das cuento que el trayecto tiene más piedras y baches de las que te imaginabas, provocando que tu andar se llene de fatiga y desasosiego, volteas hacia atrás para respirar para tomar impulso, dándote cuenta que los que te acompañaban en tu camino no están más, están en lejanía, en tus pensamientos, en tus recuerdos pero ya no detrás de ti y es ahí donde quiere correr, salir de esa oscuridad para que en el primer halo de luz los veas nuevamente a ellos y abrazarlos y disfrutar de su calidez, de sus charlas, de sus risas....

Pero no, no lo haces por que te defraudarías a ti mismo, a su vez a ellos que tanto creyeron en ti, que depositaron tu confianza en lo que eres y haces, así que no retrocedes, sigues con esa añoranza que lástima pero sigues adelante por que quieres que cuando termine ese camino de oscuridad salgas victorioso por la puerta de enfrente y no por la de atrás. Es así que solo que dan tres palabras en tu mente, distancia, lejanía, añoranza y pides por fervor que valga la pena estar cargando tu maleta con esas tres palabras en el viaje en el que embarcaste, esa malera vacía que comienzas a llenar de cosas muy diferentes a las que pensaste que había ahí, que meterías ahí.

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